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El Israel que no es Israel: cuando la fe se convierte en coartada

Confundir el Israel de las Escrituras con un Estado moderno convierte una convicción religiosa en una forma de inmunidad política. La fe puede inspirar la conciencia; no puede suspenderla.

Javier Orlando Barbosa NustesPolitólogo12 min de lecturavisualizaciones
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Ilustración editorial que contrasta una tradición sagrada antigua con las instituciones de un Estado moderno
Ilustración editorial para Mirada Pública.

Hay un equívoco que se ha vuelto habitual: pronunciar la palabra Israel y tratar como equivalentes una figura bíblica, una tradición religiosa, un pueblo diverso y un Estado moderno. No son lo mismo. El Israel de las Escrituras remite a Jacob, a las tribus y a una alianza de carácter espiritual. El Estado de Israel, proclamado el 14 de mayo de 1948, es una entidad política contemporánea, con Gobierno, fuerzas armadas, fronteras disputadas y responsabilidades jurídicas.

Distinguir esas realidades no niega la historia ni el vínculo profundo del pueblo judío con la tierra. Tampoco desconoce la persecución milenaria y el horror del Holocausto. Significa algo más sencillo y necesario: ningún Estado, precisamente porque es un Estado, puede quedar fuera del juicio moral, del derecho internacional o del escrutinio democrático.

La guerra de 1948 produjo además un desplazamiento palestino de enorme escala. Naciones Unidas registra que alrededor de 750.000 personas huyeron o fueron expulsadas de la Palestina bajo mandato británico. La memoria israelí de independencia y la memoria palestina de la Nakba coexisten, aunque entren en conflicto. Una lectura responsable tiene que reconocer ambas, en lugar de borrar una para proteger la otra.

La fe no concede inmunidad política

Me preocupa escuchar a cristianos defender cualquier acción del Gobierno israelí con una frase que pretende cerrar la discusión: «es el pueblo de Dios». Una afirmación religiosa no puede funcionar como salvoconducto para el poder político. El ataque de Hamas contra civiles israelíes el 7 de octubre de 2023 fue atroz y debe condenarse sin ambigüedades. Esa condena no obliga a justificar toda respuesta militar ni a ignorar el sufrimiento de la población civil palestina.

Organismos internacionales y medios independientes han documentado destrucción masiva, desplazamiento y ataques que afectaron escuelas, hospitales y otros bienes civiles en Gaza. La Corte Penal Internacional llegó a emitir órdenes de arresto relacionadas con presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad; Israel rechaza esas acusaciones y sostiene que sus operaciones buscan derrotar a Hamas y liberar a los rehenes. Precisamente porque existen alegaciones tan graves y posiciones enfrentadas, la discusión necesita hechos y derecho, no una exención teológica.

Una declaración de cristianos evangélicos latinoamericanos publicada por INFEMIT en 2024 condenó tanto los ataques y secuestros de civiles israelíes como la devastación sufrida por la población palestina. También rechazó el uso de textos bíblicos para justificar violencia o desplazamiento. Esa postura demuestra que criticar decisiones del Estado de Israel no equivale a hostilidad contra las personas judías y que la fe cristiana no conduce necesariamente a una adhesión política incondicional.

El cristianismo sionista y su lectura del conflicto

El respaldo religioso al Estado de Israel tiene distintas corrientes y no puede reducirse a una sola explicación. Una de las más influyentes es el cristianismo sionista, vinculado en muchos casos al dispensacionalismo: una interpretación que separa el destino de Israel y el de la Iglesia y relaciona el retorno del pueblo judío a la tierra con el cumplimiento de profecías y la segunda venida de Cristo.

El investigador chileno Luis Aránguiz Kahn estudia este fenómeno como una acción religiosa y política transnacional que presenta el apoyo a Israel como un deber moral. Su trabajo muestra cómo una creencia escatológica puede convertirse en activismo, alianzas partidistas e influencia sobre la política exterior. El problema aparece cuando esa lectura vuelve secundarios a los seres humanos que no caben en el guion profético.

Una teología que mira a las personas judías solo como piezas necesarias para el fin de los tiempos tampoco es una forma transparente de amor al pueblo judío. Y una teología que vuelve invisible al palestino cristiano o musulmán traiciona el principio de dignidad que afirma defender. La pregunta cristiana no debería ser qué bando acelera una profecía, sino qué decisión protege la vida, la justicia y la posibilidad de paz.

Ningún Estado, precisamente porque es un Estado, puede quedar fuera del juicio moral, del derecho internacional o del escrutinio democrático.

Judaísmo no es sinónimo de sionismo

La propia diversidad judía impide convertir al judaísmo en una sola posición política. Existen judíos sionistas, no sionistas y antisionistas, además de diferencias profundas sobre fronteras, ocupación, seguridad, asentamientos y derechos palestinos. Reconocer esa pluralidad no debilita la lucha contra el antisemitismo; la hace más precisa.

Neturei Karta, fundado en Jerusalén en 1938, es uno de los grupos haredíes antisionistas más visibles. Sus miembros sostienen que la soberanía judía solo debe llegar con el Mesías. Es una organización pequeña y marginal incluso dentro del judaísmo ultraortodoxo, y sus acercamientos a autoridades iraníes y a figuras negacionistas del Holocausto han sido repudiados por otras comunidades judías, incluidas corrientes también críticas del sionismo.

También comunidades jasídicas como Satmar han cuestionado el sionismo desde la teología, aunque sus posiciones y métodos no son idénticos a los de Neturei Karta. Las protestas multitudinarias contra el reclutamiento militar de estudiantes de yeshivá muestran una fractura real, pero no autorizan a presentar a todos los ultraortodoxos como aliados de la causa palestina. La conclusión prudente es más modesta: ninguna institución puede atribuirse por sí sola la voz de todo el pueblo judío.

Influencia política: datos antes que conspiraciones

La relación entre fe, dinero y política exterior también exige precisión. En Estados Unidos, AIPAC declara abiertamente que busca fortalecer la relación entre Estados Unidos e Israel y apoyar a candidatos de ambos partidos que compartan esa posición. Su comité asociado United Democracy Project figura ante la Comisión Federal Electoral como un super PAC de gastos independientes. Es legítimo estudiar su tamaño, sus donantes y sus efectos; no lo es convertir ese análisis en una teoría sobre un supuesto control judío de la política.

La distinción importa. AIPAC es una organización estadounidense de incidencia política, no «los judíos». Sus actividades deben examinarse con los mismos criterios aplicados a los sindicatos, empresas, organizaciones ambientales, grupos religiosos y demás actores que financian campañas o presionan al poder público. Los registros de la Comisión Federal Electoral permiten discutir cifras y decisiones concretas sin recurrir a insinuaciones sobre lealtades colectivas.

En América Latina existen organizaciones y redes religiosas que promueven políticas favorables a Israel, igual que hay colectivos solidarios con Palestina. Su influencia debe estudiarse país por país, con documentos verificables, sin presentar a las comunidades judías locales como extensiones automáticas de un Gobierno extranjero. La crítica democrática pierde fuerza cuando confunde identidad, religión y acción institucional.

Criticar a un Estado no es atacar a un pueblo

El antisemitismo es una realidad histórica y contemporánea que debe combatirse sin reservas. La definición de trabajo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto ofrece ejemplos vinculados con Israel, pero también aclara que la crítica comparable a la dirigida contra cualquier otro país no puede considerarse antisemita. La clave está en el contenido: cuestionar una operación militar o una política de asentamientos no es lo mismo que atribuir culpa colectiva a las personas judías, negarles derechos o reciclar mitos conspirativos.

Del mismo modo, denunciar el antisemitismo no debería utilizarse para clausurar toda discusión sobre las actuaciones de un Gobierno. Una democracia madura puede sostener dos obligaciones al mismo tiempo: proteger a las comunidades judías del odio y someter al Estado de Israel, como a cualquier Estado, a las normas del derecho y al examen público.

Esta distinción protege también a los palestinos, cuya identidad no puede reducirse a Hamas, y a los musulmanes, que no deben cargar con sospechas colectivas. Un lenguaje responsable individualiza conductas, identifica instituciones y reconoce víctimas a ambos lados.

Cuando Dios se convierte en argumento de Estado

La religión puede inspirar compasión, resistencia y servicio. También puede ser instrumentalizada para blindar proyectos nacionales, justificar dominación o convertir la crítica en blasfemia. La historia ofrece demasiados ejemplos de poder político revestido de autoridad sagrada. La lección no es expulsar la fe de la vida pública, sino impedir que una interpretación religiosa se convierta en licencia estatal para negar derechos.

Por eso conviene volver al punto de partida. El Israel bíblico y el Estado de Israel pertenecen a categorías distintas. El primero habita la teología, la memoria y la identidad religiosa. El segundo toma decisiones públicas, utiliza la fuerza, firma tratados y está sujeto a obligaciones internacionales. Confundirlos favorece al poder porque presenta decisiones humanas como mandatos divinos.

No apoyar una política del Gobierno israelí no equivale a oponerse al pueblo judío. Defender la vida palestina no exige minimizar el dolor israelí. Y rechazar que el nombre de Dios sea utilizado como escudo político no es un ataque contra la fe. Es exigir que la fe no abandone su conciencia cuando entra en contacto con el poder.

Fuentes y lecturas consultadas

Esta columna de opinión distingue los hechos documentados de la interpretación del autor. Las siguientes fuentes respaldan las referencias históricas, jurídicas e institucionales del texto.

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