← Volver al archivo

Opinión y análisis / Geopolítica

¿Y si Trump pierde el Congreso? El terremoto político que podría sentirse en América Latina

Las elecciones del 3 de noviembre podrían cambiar el equilibrio de poder en Washington. Pero la pregunta que debería hacerse América Latina es otra: ¿una derrota republicana significaría una relación más democrática con Estados Unidos o apenas una nueva forma de ejercer su influencia?

Fachada norte de la Casa Blanca en Washington, D. C., junio de 2024
Cara norte de la Casa Blanca en Washington, D. C., fotografiada el 27 de junio de 2024. Foto: VynedJ, CC BY 4.0; redimensionada para web.

El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos no elegirá presidente. Sin embargo, los resultados de estas elecciones podrían modificar profundamente la capacidad de Donald Trump para gobernar durante los dos años restantes de su mandato.

Los estadounidenses renovarán la totalidad de la Cámara de Representantes y elegirán 35 escaños del Senado, incluidas dos elecciones especiales. En juego no está solamente el control del Congreso. También está la capacidad de las instituciones para ejercer contrapesos frente a un presidente que ha convertido la confrontación política, el nacionalismo económico y la autoridad ejecutiva en elementos centrales de su proyecto de gobierno.

Pero hay una dimensión que merece mayor atención: lo que ocurra en las urnas estadounidenses también tendrá consecuencias para México, Colombia, Brasil, Venezuela, Cuba y el conjunto de América Latina.

Desde mi perspectiva, estas elecciones representan una prueba para la democracia estadounidense y una oportunidad para reflexionar sobre la relación que nuestra región ha mantenido históricamente con Washington.

Porque una cosa es cambiar las mayorías del Congreso y otra, muy distinta, transformar la manera en que Estados Unidos entiende su relación con el resto del continente.

El poder presidencial también necesita límites

La democracia no consiste únicamente en elegir gobernantes. Su fortaleza depende de que quienes ejercen el poder encuentren instituciones capaces de supervisarlos, cuestionarlos y, cuando corresponda, detenerlos.

Vista panorámica del Capitolio de Estados Unidos y Washington, D. C.
El Capitolio de Estados Unidos visto desde la Biblioteca del Congreso, 25 de julio de 2024. Foto: Shawn Miller / Library of Congress Life. CC0.

Durante los primeros años de su segundo mandato, Trump ha contado con mayorías republicanas en ambas cámaras. Esa coincidencia partidista ha facilitado el avance de buena parte de su agenda y reducido los obstáculos legislativos que enfrenta su administración.

Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes y el Senado, el escenario cambiaría considerablemente.

Una nueva mayoría podría intensificar las investigaciones parlamentarias, exigir explicaciones sobre decisiones del Ejecutivo, condicionar determinadas partidas presupuestarias y ejercer mayor control sobre los nombramientos presidenciales que requieren confirmación del Senado.

No obstante, sería equivocado presentar ese resultado como el final del poder de Trump.

El presidente conservaría amplias atribuciones constitucionales, particularmente en política exterior. También mantendría su capacidad de veto legislativo, mientras que las reglas del Senado continuarían dificultando la aprobación de numerosas iniciativas.

Por eso, una victoria demócrata en ambas cámaras no garantizaría un cambio de políticas. Lo que sí podría producir es algo institucionalmente valioso: un gobierno obligado a negociar, justificar sus decisiones y someterse a una fiscalización más rigurosa.

Y esa distinción es relevante incluso para quienes no simpatizan con el Partido Demócrata. Los contrapesos democráticos no deberían depender de cuál partido ocupa la Casa Blanca.

América Latina: entre la presión de Washington y la búsqueda de autonomía

Históricamente, la política estadounidense hacia América Latina ha combinado cooperación económica, intereses estratégicos, preocupaciones de seguridad y distintas formas de presión diplomática.

No se trata de una característica exclusiva del Partido Republicano. Administraciones demócratas también han sostenido políticas cuestionadas en la región, especialmente en materia migratoria, sanciones económicas y relaciones con gobiernos considerados adversarios.

La diferencia entre ambos partidos puede ser considerable en sus métodos, prioridades y discursos, pero no necesariamente elimina la continuidad de determinados intereses estadounidenses.

Esta realidad obliga a evitar una interpretación simplista de las elecciones.

Una eventual mayoría demócrata podría promover una fiscalización más estricta de las operaciones militares, las políticas migratorias y determinadas decisiones comerciales de la administración Trump. Sin embargo, eso no significaría automáticamente una política exterior más respetuosa de la autonomía latinoamericana.

El Congreso puede limitar recursos, investigar actuaciones y condicionar ciertas decisiones, pero no dirige por sí solo la diplomacia estadounidense.

América Latina necesita comprender esa diferencia para no confundir un cambio en el equilibrio político de Washington con una transformación de su relación con la región.

México y Colombia: migración, comercio y seguridad

México probablemente seguiría siendo uno de los países latinoamericanos más expuestos a las decisiones políticas estadounidenses.

Valla fronteriza entre Estados Unidos y México cerca de El Paso
Valla en la frontera entre Estados Unidos y México, cerca de El Paso, 2006. Foto: Oficina del representante Phil Gingrey; dominio público.

La revisión del tratado comercial entre Estados Unidos, México y Canadá, las medidas arancelarias y la política migratoria forman parte de una relación donde las decisiones tomadas en Washington tienen consecuencias inmediatas para empresas, trabajadores y comunidades de ambos lados de la frontera.

Un Congreso controlado por los demócratas podría cuestionar determinados mecanismos de presión comercial y exigir mayor supervisión de las operaciones migratorias. No obstante, cualquier modificación dependería de negociaciones legislativas, facultades presidenciales y decisiones judiciales.

Caficultor colombiano sentado con un saco de café junto a una casa
Un caficultor espera el autobús chiva en Colombia, 26 de marzo de 2022. Foto: Hernan Vanegas. CC BY-SA 4.0.

Para Colombia, las consecuencias serían diferentes, pero igualmente relevantes.

La cooperación en seguridad, la lucha contra el narcotráfico, la asistencia internacional y la protección de los derechos humanos podrían recibir un escrutinio parlamentario distinto.

La relación bilateral no debería evaluarse casi exclusivamente mediante indicadores de seguridad y resultados de la lucha antidrogas.

La estabilidad de Colombia también depende del desarrollo rural, la reducción de desigualdades, el fortalecimiento institucional y la construcción de oportunidades económicas para comunidades históricamente excluidas.

Una política estadounidense que ignore esas dimensiones corre el riesgo de repetir estrategias costosas cuyos resultados sociales siguen siendo discutibles.

Brasil, Venezuela y Cuba: el desafío de una diplomacia menos ideológica

Brasil representa una dimensión diferente de la relación hemisférica.

Vista aérea de la selva amazónica cerca de Manaus, Brasil
Vista aérea de la Amazonía cerca de Manaus, Brasil, 19 de abril de 2011. Foto: CIAT / Neil Palmer. CC BY-SA 2.0.

Su peso económico, su participación en los BRICS y su capacidad de interlocución internacional muestran que América Latina no constituye un bloque homogéneo subordinado a las prioridades estadounidenses.

Un Congreso dividido frente a la Casa Blanca podría abrir espacios para debates más amplios sobre comercio, transición energética y cooperación ambiental. Sin embargo, sería prematuro afirmar que una mayoría demócrata transformaría las relaciones con Brasil.

En Venezuela y Cuba, las expectativas deberían ser todavía más prudentes.

Las sanciones, las restricciones económicas y las disputas diplomáticas han atravesado gobiernos estadounidenses de ambos partidos. Un cambio de mayorías parlamentarias no implica necesariamente su levantamiento.

Hay un principio que debería aplicarse sin excepciones: los derechos humanos y las libertades democráticas deben exigirse con el mismo rigor, independientemente de la orientación ideológica del gobierno que los vulnere.

Criticar las políticas coercitivas de Washington no obliga a justificar las restricciones a las libertades en La Habana o Caracas. Del mismo modo, cuestionar el autoritarismo de determinados gobiernos latinoamericanos no debería convertirse en una autorización automática para promover medidas que agraven las condiciones de vida de sus poblaciones.

Una diplomacia verdaderamente comprometida con la democracia debe ser capaz de sostener ambas posiciones.

La gran contradicción: defender la democracia dentro de Estados Unidos y respetarla fuera

Existe una contradicción que considero necesario discutir.

Estados Unidos suele presentarse internacionalmente como defensor de las instituciones democráticas, pero su política exterior ha respondido también a intereses geopolíticos que no siempre coinciden con los principios que proclama.

Esto no significa desconocer el valor de su sistema constitucional ni las contribuciones que sus instituciones han realizado a la democracia contemporánea.

Significa reconocer que ninguna potencia debería quedar exenta del escrutinio que exige a los demás.

Si el Partido Demócrata recupera el Congreso, tendrá la oportunidad de demostrar que su defensa de la democracia no se limita a confrontar a Trump.

También debería reflejarse en una política exterior capaz de escuchar a América Latina como interlocutora política y económica, y no solamente como escenario de disputas migratorias, comerciales o de seguridad.

Esa sería una transformación más profunda que cualquier cambio de mayoría parlamentaria.

El voto latino también tiene algo que decir

Hay otro elemento que no debería pasar inadvertido: los millones de ciudadanos estadounidenses de origen latinoamericano que participan en estas elecciones.

Durante demasiado tiempo, el debate político ha tratado al electorado latino como si constituyera una comunidad uniforme, preocupada exclusivamente por la inmigración.

Personas en una mesa de registro de un centro de votación en Washington, D. C.
Votantes en un centro de votación de Washington, D. C., 5 de noviembre de 2024. Foto: OSCE Parliamentary Assembly. CC BY-SA 2.0.

La realidad es mucho más compleja.

Las comunidades latinas tienen distintas trayectorias sociales, generaciones, prioridades económicas y posiciones ideológicas. Sus preocupaciones incluyen el costo de la vivienda, los salarios, la salud, la educación, la seguridad y las oportunidades de movilidad social.

Su creciente participación obliga a ambos partidos a comprender que la representación política no puede reducirse a discursos identitarios o promesas electorales.

Los votantes latinos no tienen la obligación de apoyar a un partido por su origen. Son ciudadanos con intereses, convicciones y capacidad para evaluar el desempeño de sus gobernantes.

Y precisamente ahí reside el valor democrático de su participación.

América Latina no puede seguir esperando que Washington decida su futuro

Tal vez esta sea la reflexión más necesaria.

En América Latina hemos dedicado demasiado tiempo a interpretar nuestros escenarios políticos a partir de quién gobierna Estados Unidos.

Cuando gana un republicano, algunos gobiernos anticipan confrontaciones. Cuando gana un demócrata, otros esperan una relación más favorable.

Pero el desarrollo regional no puede depender permanentemente de esos cambios.

La región necesita fortalecer su integración económica, diversificar sus relaciones comerciales, invertir en educación y tecnología, consolidar sus instituciones y construir mecanismos de cooperación que sobrevivan a las diferencias ideológicas entre gobiernos.

No se trata de adoptar una posición antiestadounidense. Estados Unidos continuará siendo un socio económico, político y estratégico de enorme relevancia.

Se trata de construir una relación más equilibrada, donde la cooperación no signifique subordinación y la autonomía no se confunda con aislamiento.

El reto para la región es demostrar que la justicia social, la democracia, la sostenibilidad económica y el respeto a las libertades pueden formar parte de un mismo proyecto.

Eso exige rechazar tanto los excesos del poder concentrado en Washington como las prácticas autoritarias que algunos sectores justifican cuando provienen de gobiernos ideológicamente cercanos.

La democracia no puede defenderse de manera selectiva.

El 3 de noviembre puede cambiar Washington. ¿Cambiará también América Latina?

Si los republicanos pierden ambas cámaras, Donald Trump enfrentará un Congreso con mayores incentivos y herramientas para supervisar su administración.

Si conservan el control, el presidente mantendrá condiciones legislativas más favorables para impulsar su agenda.

Y si el resultado divide el Congreso, Estados Unidos podría entrar en una etapa de negociaciones difíciles, investigaciones y confrontaciones presupuestarias.

En cualquiera de estos escenarios, América Latina sentirá las consecuencias, aunque su magnitud y dirección todavía sean inciertas.

Pero el verdadero desafío regional no debería consistir en esperar una victoria demócrata o republicana.

Debería consistir en construir democracias suficientemente sólidas, economías suficientemente diversificadas e instituciones suficientemente independientes para que nuestro futuro no dependa de cada cambio electoral en Washington.

El 3 de noviembre, los estadounidenses decidirán quién controla su Congreso.

La pregunta que nos corresponde responder a los latinoamericanos es cuándo comenzaremos a ejercer, con mayor autonomía y responsabilidad, el control sobre nuestro propio destino.

Fuentes consultadas

  1. USAGov, Congressional and midterm elections: funciones de las elecciones intermedias, escaños de la Cámara y del Senado.
  2. U.S. Postal Service, Postal Bulletin: elecciones generales del 3 de noviembre de 2026 y 35 escaños senatoriales en disputa.
  3. Associated Press, “What to expect in Maine on Election Day,” 29 de octubre de 2026: composición partidista vigente del Senado y la Cámara.
  4. Congressional Research Service, Election Day: Frequently Asked Questions, fecha de las próximas elecciones federales.
  5. Cara norte de la Casa Blanca, Washington, D. C., 27 de junio de 2024. Foto: VynedJ, CC BY 4.0; redimensionada para web. Fuente; licencia.
  6. Capitolio de Estados Unidos, 25 de julio de 2024. Foto: Shawn Miller / Library of Congress Life, CC0. Fuente; licencia CC0.
  7. Valla fronteriza cerca de El Paso, 2006. Foto: Office of Representative Phil Gingrey, dominio público. Fuente de la imagen.
  8. Caficultor en Colombia, 26 de marzo de 2022. Foto: Hernan Vanegas, CC BY-SA 4.0; redimensionada para web. Fuente; licencia.
  9. Vista aérea de la Amazonía cerca de Manaus, 19 de abril de 2011. Foto: CIAT / Neil Palmer, CC BY-SA 2.0. Fuente; licencia.
  10. Votantes en Washington, D. C., 5 de noviembre de 2024. Foto: OSCE Parliamentary Assembly, CC BY-SA 2.0; redimensionada para web. Fuente; licencia.

Las cinco fotografías interiores y el retrato de apertura están fechados en sus pies; son imágenes documentales de años anteriores y no representan la elección del 3 de noviembre de 2026.

Javier Barbosa

Politólogo colombo-estadounidense y candidato a la Maestría en Administración Pública (MPA) de Post University, en Waterbury, Connecticut. Escribe sobre democracia, derechos humanos, instituciones y asuntos públicos.

Mirada Pública

Compartir

Comparta esta columna o copie el enlace para enviarlo.

Boletín de Mirada Pública

El boletín está en preparación.

Registra tu interés en recibir futuros análisis sobre democracia, derechos humanos, instituciones y asuntos públicos. El envío de correos aún no está activo.

Tu correo se guarda para registrar tu interés en el boletín. Para solicitar su eliminación, escribe a contacto@miradapublica.com.

Síguenos