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Historia política · Israel y Palestina

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El sionismo desde sus orígenes: de Sion al Estado de Israel

Una historia del vínculo judío con Jerusalén, el nacimiento del nacionalismo sionista en Europa y el conflicto que surgió cuando ese proyecto buscó realizarse en una Palestina que ya estaba habitada.

Javier Orlando Barbosa Nustes•16 min de lectura—visualizaciones
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Collage editorial sobre la historia del sionismo, Jerusalén, la migración judía y la presencia palestina
Ilustración editorial creada para Mirada Pública; no es una fotografía histórica.

Sion antes del sionismo

El sionismo no nació en un único momento ni puede explicarse solamente a partir de Theodor Herzl. Sus antecedentes se encuentran en la antigua relación del pueblo judío con la tierra de Israel y, especialmente, con Jerusalén. Sin embargo, esa relación histórica y religiosa no debe confundirse con el sionismo moderno, que apareció mucho después como un movimiento político nacionalista.

La palabra «Sion» aparece en la Biblia hebrea. Originalmente designaba una fortaleza de la antigua Jerusalén, pero con el tiempo comenzó a emplearse para referirse a la ciudad, a la tierra de Israel y, en sentido simbólico, al pueblo judío. Jerusalén fue el centro religioso de los antiguos reinos de Israel y Judá. Allí se encontraban el Primer y el Segundo Templo.

La destrucción romana del Segundo Templo en el año 70 y las guerras posteriores aceleraron la dispersión judía, aunque no eliminaron la presencia judía en la región. Durante siglos, las referencias a Sion permanecieron en las oraciones, festividades y textos religiosos. Esa esperanza era principalmente religiosa y mesiánica; todavía no constituía un programa para crear un Estado mediante diplomacia, inmigración planificada y organizaciones políticas.[1]

La Europa que produjo el nacionalismo judío

El sionismo político surgió en la Europa del siglo XIX. La emancipación concedió gradualmente derechos civiles a los judíos de varios países, mientras la Haskalá, o Ilustración judía, promovió la educación secular y una mayor integración. Muchos esperaban que la ciudadanía terminara con su marginación.

El antisemitismo, sin embargo, no desapareció. Adoptó formas raciales, políticas y nacionalistas. Al mismo tiempo, italianos, alemanes, polacos y otros pueblos reclamaban unidad o Estados propios. Dentro de ese ambiente apareció una pregunta: si los judíos eran tratados como un pueblo separado, ¿debían reclamar también autodeterminación nacional?[2]

El sionismo fue una respuesta entre varias. Otros judíos defendieron la integración, el socialismo, la autonomía cultural o la observancia religiosa. Algunos grupos ortodoxos rechazaban la creación política de un Estado antes de la llegada del Mesías. Por eso, judaísmo y sionismo nunca fueron términos intercambiables.

Los precursores: Hess, Pinsker y los Amantes de Sion

En 1862, Moses Hess publicó Roma y Jerusalén y argumentó que la emancipación individual no eliminaría el antisemitismo. Después del asesinato del zar Alejandro II en 1881, los pogromos en el Imperio ruso dieron una urgencia distinta a esta discusión.

En ese contexto aparecieron los grupos Hovevei Zion o Hibbat Zion, los «Amantes de Sion», que impulsaron la emigración hacia Palestina y apoyaron asentamientos agrícolas. En 1882, León Pinsker publicó Autoemancipación y sostuvo que los judíos no debían esperar a que otras sociedades resolvieran su inseguridad.[3]

Durante esos años comenzó la Primera Aliyá, una corriente migratoria procedente principalmente de Europa oriental y Yemen. Palestina no era una tierra vacía: estaba habitada mayoritariamente por árabes palestinos musulmanes y cristianos, además de comunidades judías antiguas. Esa realidad condicionaría todo el desarrollo posterior del movimiento.

Ilustración editorial del pensamiento judío europeo del siglo XIX, la migración, los asentamientos y el congreso sionista
Síntesis histórica editorial; no es una fotografía de archivo.

Herzl y el Congreso de Basilea

Theodor Herzl publicó El Estado judío en 1896. No inventó todas las ideas sionistas, pero logró reunir grupos dispersos y convertirlos en un movimiento internacional organizado.

Entre el 29 y el 31 de agosto de 1897 convocó el Primer Congreso Sionista en Basilea. Allí se creó la Organización Sionista y se aprobó el Programa de Basilea, que aspiraba a establecer para el pueblo judío un hogar en Palestina garantizado por el derecho público. El uso de la palabra «hogar», en vez de «Estado», conservaba una ambigüedad diplomática.[4]

La importancia del congreso no radica en haber inventado la conexión judía con la tierra ni en haber iniciado la inmigración. Su aporte fue proporcionar un programa, una dirección y una organización internacional.

No existió un único sionismo

El sionismo político dio prioridad a la diplomacia; el práctico, a la inmigración y los asentamientos. El sionismo laborista combinó nacionalismo y socialismo. El cultural, asociado con Ahad Ha'am, puso el énfasis en la lengua hebrea y en un centro espiritual. El religioso relacionó el proyecto nacional con la tradición judía.

El sionismo revisionista de Zeev Jabotinsky defendió una estrategia territorial y militar más firme e influyó después en sectores de la derecha israelí. También existieron propuestas binacionales y oposiciones judías al proyecto. Presentar al sionismo como una doctrina única borra desacuerdos sobre religión, fronteras, socialismo, fuerza militar y relaciones con los árabes.

“El sionismo respondió a una persecución real y, al buscar una solución territorial, entró en conflicto con los derechos de la población palestina.”

La cuestión palestina

El proyecto contenía una dificultad que sus dirigentes afrontaron de maneras distintas: Palestina tenía una población propia. Algunos sionistas creían que el desarrollo económico beneficiaría a ambas comunidades. Otros esperaban alcanzar una mayoría judía mediante la inmigración. También hubo quienes reconocieron que la oposición árabe era una respuesta previsible al riesgo de convertirse en minoría.

Para los inmigrantes que escapaban de la persecución, el asentamiento podía representar seguridad y reconstrucción nacional. Para los palestinos, el crecimiento de un movimiento que pretendía establecer un hogar nacional judío amenazaba su posición política, sus tierras y su futuro colectivo. Las dos experiencias forman parte de la historia.

Balfour y el Mandato británico

El 2 de noviembre de 1917, el Gobierno británico publicó la Declaración Balfour. El documento apoyaba el establecimiento en Palestina de un «hogar nacional para el pueblo judío» y afirmaba que no debían perjudicarse los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes.[5]

La diferencia en el lenguaje era significativa: reconocía una aspiración nacional judía, pero describía a la mayoría árabe como «comunidades no judías» y no mencionaba expresamente sus derechos políticos nacionales. Durante el Mandato británico aumentaron la inmigración, las instituciones sionistas y el nacionalismo palestino, junto con los enfrentamientos entre ambas comunidades y las autoridades coloniales.

El Holocausto y la urgencia de un refugio

La Alemania nazi y sus aliados y colaboradores asesinaron a seis millones de judíos europeos. El Holocausto no creó el sionismo: el movimiento llevaba décadas organizado. Pero demostró, para numerosos sobrevivientes y partidarios, el fracaso de los Estados europeos para proteger a sus poblaciones judías.[6]

Después de la guerra, cientos de miles de sobrevivientes permanecían desplazados y muchos no podían o no querían regresar a los países donde sus familias habían sido asesinadas. Para los palestinos surgía otra injusticia: se esperaba que asumieran las consecuencias territoriales de un crimen cometido principalmente en Europa.

1947 y 1948: independencia y Nakba

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 181, que recomendaba dividir Palestina en un Estado judío y otro árabe, con un régimen internacional especial para Jerusalén. La dirigencia sionista aceptó la propuesta como base para un Estado; la dirigencia árabe la rechazó por considerar injusta una partición sin el consentimiento de la mayoría palestina.[7]

Israel declaró su independencia el 14 de mayo de 1948. La guerra posterior representa para los israelíes la independencia nacional. Para los palestinos representa la Nakba, la «catástrofe»: el desplazamiento y la desposesión masivos durante el conflicto. El Estado árabe previsto por la ONU no llegó a constituirse.[8]

Reconocer la persecución judía y la búsqueda de seguridad no borra la experiencia palestina. Reconocer la Nakba tampoco justifica responsabilizar colectivamente a los judíos por las decisiones de Israel.

Ilustración editorial que yuxtapone la independencia israelí y el desplazamiento palestino de 1948
Ilustración editorial de las dos memorias nacionales asociadas con 1948; no es una fotografía de archivo.

Qué significa sionismo después de 1948

Después de la creación de Israel, el término pasó a relacionarse con la preservación y el carácter del Estado. Algunas corrientes apoyan compromisos territoriales y un Estado palestino; otras promueven asentamientos o anexión. Defender la existencia de Israel no implica necesariamente aprobar a su Gobierno.

Una encuesta de Pew Research Center realizada entre octubre de 2014 y mayo de 2015 encontró que el 30 % de los judíos israelíes decía que «sionista» los describía muy bien y otro 44 % bastante bien: 74 % en total, no el 90 % mencionado en uno de los videos que motivaron este artículo. Entre los haredim, la cifra conjunta fue 33 %.[9]

El concepto «Meta Israel», utilizado por Alfredo Jalife, debe presentarse como una interpretación personal, no como una categoría histórica aceptada. Es legítimo estudiar grupos de presión, financiación y alianzas mediante registros verificables. Afirmar que una estructura judía o israelí domina un continente requiere pruebas que los videos examinados no aportan y puede reproducir antiguos estereotipos antisemitas.

Distinguir para comprender

El judaísmo es una religión y una tradición histórica; el sionismo es un conjunto de movimientos políticos modernos. Israel es un Estado y su Gobierno es una administración concreta, sometida a crítica como cualquier otra. Confundir estas categorías impide discutir con precisión.

El sionismo respondió a una persecución real y, al buscar una solución territorial, entró en conflicto con los derechos y aspiraciones de la población palestina. Comprenderlo exige reconocer tanto la autodeterminación judía como la historia de desposesión palestina, sin reemplazar las pruebas por consignas o teorías de control colectivo.

Fuentes y lecturas consultadas

Las referencias numeradas del artículo corresponden a las fuentes institucionales que aparecen a continuación.

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